Cuando la honestidad se confunde con grosería, y por qué a veces preferimos la hipocresía.

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ace poco tuve una conversación que me dejó pensando. Fue de esas charlas donde alguien te dice algo "con toda sinceridad", pero que se siente más como un golpe que como una muestra de confianza.

La frase exacta fue: “No te lo tomes a mal, pero alguien tenía que decirte la verdad”.
Y ahí me quedé yo, entre la sorpresa y el mal sabor de boca, preguntándome si realmente eso era la verdad… o simplemente una forma disfrazada de ser hiriente.

¿Te ha pasado?

Últimamente me he dado cuenta de que vivimos en una especie de contradicción constante. Por un lado, admiramos a quienes "dicen las cosas como son", pero por otro, nos duele profundamente cuando esa honestidad no viene acompañada de humanidad.
Y entonces, sin darnos cuenta, empezamos a preferir lo falso, lo superficial, lo cómodo.
Preferimos que nos mientan bonito antes que nos digan la verdad de frente.

Pero... ¿por qué?

Hay personas que se enorgullecen de ser “demasiado honestas”.
Lo dicen como si fuera un mérito:
"Es que yo soy muy directa", "yo no sé fingir","yo digo lo que pienso sin filtros".

Y sí, claro, la honestidad es valiosa. Pero también puede ser un arma peligrosa si se usa sin cuidado. Porque muchas veces, esa “sinceridad brutal”no busca construir, sino descargar. No busca acompañar, sino imponerse.

Decir la verdad no es lo mismo que decirla mal.
Y a veces, lo que se esconde detrás de una supuesta “honestidad” es simplemente falta de empatía.

Nos han vendido la idea de que la verdad siempre duele. Que es incómoda. Que te confronta.
Y aunque es cierto que puede ser así, también creo que depende muchísimo de cómo la digas.

He recibido verdades que me movieron, sí. Que me tocaron en lo más profundo. Pero no me dolieron. Me despertaron.
Y he recibido otras que, aunque fueran ciertas, me dejaron rota por dentro. No por la verdad en sí, sino por la manera en que llegaron. Fría. Cruda. Casi con desprecio.

No se trata de mentir para no herir. Se trata de saber cómo decir las cosas cuando realmente te importa el otro.

Y entonces... ¿por qué tanta gente prefiere la hipocresía?

Es curioso, ¿no? Nos quejamos de que todo el mundo es “falso”, de que hay demasiada apariencia y poca profundidad. Pero cuando alguien se atreve adecir lo que piensa, lo tachamos de grosero, maleducado o “demasiado duro”.

La verdad es que muchas veces no estamos preparados para escuchar.No queremos incomodarnos.
Queremos validación. Aplausos. Aprobación.
Y cuando eso no llega, preferimos poner una barrera. Fingimos que no pasa nada.Sonreímos aunque algo dentro se revuelve.

La hipocresía, aunque nos pese, es un mecanismo de defensa. Nos ayuda a mantener la calma, a evitar discusiones, a sostener relaciones que no siempre son profundas pero sí funcionales.

No es lo ideal, pero es real.

Yo también he sido hipócrita

Y lo confieso sin vergüenza.
He dicho que algo me gustó cuando no fue así.
He sonreído cuando por dentro estaba agotada.
He evitado decir la verdad para no herir a alguien.
O, a veces, para no tener que lidiar con el conflicto que vendría después.

Y también he sido grosera en nombre de la honestidad.
He dicho cosas sin pensar en el otro, creyendo que tenía derecho por “decir loque sentía”.

Con el tiempo he entendido que ni la hipocresía ni la grosería me representan. Que hay un lugar en el medio, más humano, más real. Un lugar donde puedo ser sincera, sin lastimar. Donde puedo cuidar al otro sin dejar de ser fiel a mí misma.

¿Se puede decir la verdad sin herir?

Yo creo que sí.
Pero requiere práctica. Paciencia. Tacto.
Requiere detenerse un segundo y preguntarse:

¿Desde dónde estoy diciendo esto? ¿Desde el amor o desde el ego?

Porque no es lo mismo decir algo para ayudar que para tener la razón.
No es lo mismo decir algo desde la cercanía que desde la crítica.

He aprendido a preguntar antes de hablar:

  • ¿Quieres     que te diga lo que pienso sinceramente?
  • ¿Estás     abierta a una opinión distinta?
  • ¿Te     puedo dar una mirada desde afuera?

Y cuando la respuesta es sí, entonces lo doy todo, pero lo hago desde un lugar de cuidado. Porque si no cuido mis palabras, la verdad se convierte enun arma.

¿Y tú? ¿Qué prefieres?

¿Una mentira que te haga sentir bien por un rato?
¿Una verdad que te mueva aunque te incomode?
¿O una mezcla entre ambas, una verdad dicha con amor, con compasión?

Yo, hoy, elijo la tercera.
Porque he descubierto que cuando la honestidad se combina con la empatía, deja de ser una amenaza y se convierte en un regalo.
Y porque creo profundamente que no hay que elegir entre ser sincera o ser amable. Puedo ser ambas. Puedo ser yo.

Gracias por leerme hasta acá.

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